martes, 23 de diciembre de 2014

Torero

Felipe Bakus Aste quería ser torero. Esa era su pasión, su permanente sueño y deseo adolescente. Siempre me imaginé a Felipe metido dentro de un traje de luces, con el culito apretado, las piernas endebles ajustadas a esa malla que dejaban traslucir sus huesos y articulaciones y el pecho erguido, muy erguido a pesar que luciera físicamente como un mamarracho.

Felipe en el imaginario de la Promo era ese ser humano que podía caer y convulsionar en el piso y luego de unos minutos levantarse y caminar entre las multitudes. Un auténtico Lázaro contemporáneo. Felipe más que un torero era un actor de carácter en ciernes.

Sincronizaba sus estrepitosas caídas en el aula de manera alucinante, creando un clima de pánico y ansiedad, movilizando a paramédicos y cuánto sistema de auxilio rápido pudiera estar a mano. Ya no sabíamos si era histrionismo o realmente Felipe se sentía mal, se descompensaba y caía. La ficción y la realidad se daban la mano y uno daba lo mismo que lo otro.

El examen de geometría con el Padre Masías era inminente. Nadie tenía la más mínima idea de cómo resolver esos problemas a excepción de Terreros o Julca, estudiantes preocupados que debieron prepararse con ahínco la noche anterior para rendir el examen de esa mañana. Los demás esperábamos una señal, un mensaje divino que cambie el rumbo de las cosas “Dios proveerá” –se decía- y esa fe era capaz de cambiar el curso de la historia.

Pero había otra salida distinta a la sustentada por la fe que mueve montaña. Una carta bajo la manga: quemar tiempo. Es decir, generar un hecho que hiciera que el tiempo pase y ya no quede lo suficiente para un examen. Un temblor es impredecible, una misa era imposible, no era primer viernes del mes ni veinticuatro de mayo, la llegada de un personaje ilustre que nos obligue salir al patio o un hecho sobrenatural propio en un colegio de curas tampoco se asomaba. Mientras estos pensamientos cruzaban mi mente y la de muchos, nuestra mirada se encuentra con la mirada del torero. Él sonrió, como signo de buena señal, llevó su mano a la boca diciendo silencio y solo había que esperar. Amén.

En condiciones normales los desmayos naturales producto de su delicado estado de salud se iniciaban con tomarse las comisuras, frotarse el tabique, sacarse los lentes y luego caer lenta y pesadamente donde sea. Asfalto, grass, un patio, la calle, un cine. Una vez en el suelo podía producirse una o dos convulsiones. Luego un momento de latencia y finalmente él abría los ojos. Se incorporaba, cogía sus lentes, se volvía a tomar las comisuras e iba al baño. Este ritual duraba -en la peores circunstancias- un promedio de quince a veinte minutos y si a esto se le agregaba el histrionismo del torero podría prolongarse el acto a media hora.

Lo volvimos a mirar. La jugada era en pared. Ya estaba conversada. Jugada de laboratorio. El torero se reía para adentro y esbozaba una ligera comisura que marcaba su cachaciento rostro, se secaba los labios, respiraba y resoplaba. El cura y su voluminosa figura de más de noventa kilos ingresaba al aula, atarantando a la gente, ofuscado y autoritario como él solo e invitaba a todos a guardar sus libros y apuntes, a sentarse correctamente y a prepararse para el examen.

El torero me miraba, nos miraba a todos. Estaba preparando la jugada. Era una suerte de tiro libre cerebral faltando dos minutos para que acabe el partido y allí definías todo. Tírate ya conchetumadre, tírate rápido le decíamos entre dientes. Él media el tiempo, jugaba con la pausa de los genios del balón y empezó con el ritual.

Se tomó de las comisuras, frotó el tabique, se sacó lente y cayó pesadamente entre las carpetas. El sonido fue brutal, la caída impresionante y la participación de quienes auxiliaban al desmayado eran las mismas de un paramédico en pleno rescate del once de setiembre.

En el aire se respiraba tensión y angustia. El tiempo empezaba a jugar a favor de nosotros. Se hizo el espacio requerido, los curiosos miraban y se arremolinaban y eso jugaba a nuestro favor buscando poner orden. No sabíamos si era una interpretación más de este torero o sí realmente su cuerpo volvía a jugarle una mala pasaba. Parecía real. Era real. En eso Zapata con su más de metro ochenta de estatura y Chicoma lo cargan en peso y lo levantan para sacarlo fuera del aula.

Ya habían pasado nueve minutos de pánico y angustia. La adiposa figura del Padre Masías abandona el aula, una muy buena señal. Se cierra la puerta y todos nos quedamos mirando en silencio. Veíamos literalmente el tiempo pasar y él nos miraba a nosotros. Pensando en el torero enfermo algunos y los más informados celebrando la soberbia actuación.

Cortó rabo y orejas. A los quince minutos ingresó al aula. Más pálido de lo normal. Tres minutos después llegó el Padre Masías. Muy compungido, preocupado al extremo por ver ese frágil cuerpo volar por los aires cargado por Zapata y Chicoma cuál Cristo yaciente.

Desorden en el aula, sorpresas de verlo entrar y murmullos que poco a poco van disminuyendo. El tiempo se detiene. Nos vuelve a mirar. Hacemos silencio. Cabeza gacha de Felipe. Y una voz esperanzadora se escucha en un típico día gris de invierno limeño: “Mañana les tomo el examen”. Amén.