miércoles, 10 de septiembre de 2014

Otto el Grande

Al ingresar al aula empezaba a sonar la barra del Vamos Boys. Entre sonidos guturales que simulaban una corneta de aire del Telmo Carbajo, voces barriales repetían  a coro el "Vamos Boys, vamos Boys" que hasta el más radical de los hinchas cremas nuestro "Toribio" Roberto "Tito" Chicoma se sumaba a este cántico haciendo comparsa y golpeando su lápiz Mongol rítmicamente sobre su vetusta carpeta de madera.

Una sonrisa iluminaba el aula. Cómplice, socarrona, chalaca. Otto ingresaba al aula. Como en el Telmo Carbajo o el viejo Estadio Nacional. Levantaba la mano cual número diez en el centro del gramado y nosotros, como disciplinada barra reíamos con suavidad para que nuestro chongo no traspase las paredes y llegue hasta dirección de los curas del colegio. Otto volvía a sonreir, siempre cómplice. El gringo de Olazábal le decía "Vamos Boys!" con voz aguardientosa de tío chelero del Rovira y "Toribio" Chicoma dejaba de golpear el lápiz, musitaba un suave pero a la vez discreta mentada de madre -muy fina por cierto- y la gente del callejón, al fondo del aula, esperaba un nuevo gesto de este grande, un ídolo que entraba a la cancha del curso de Química.

El ritual de esa cómplice aula se respiraba en la atmósfera y era el preciso momento de iniciar el segundo acto. En ese instante, el suscrito seguía conversando distraído o se encontraba fuera de su carpeta, cosa natural en él, pues no podía permanecer sentado por más de quince minutos. Hiperactividad hubieran diagnósticado hoy. Podía ser yo la víctima u otro que se encuentre deambulando, pero ese era el delicioso costo del segundo acto.

Otto, te señalaba y con gesto adusto, mostrando su lado más serio mencionaba tu apellido con voz firme y autoritaria (cosa que no le salía bien, pero era parte del segundo acto). Caminaba a paso ligero y tomaba el parte diario amenazante. Cabe mencionarles que el parte diario eran un conjunto de hojas mimeografiadas, donde se consignaba las faltas y conductas inadecuadas del estudiante a lo largo del días en unos casilleros del horario escolar. Al anotarse tu nombre te quedabas castigado a la salida y tenías que hacer tus tareas bajo la atenta mirada de "Galleta", un exalumno que estudiaba ingeniería y que se cachueleba cuidando a esta cáfila de desadaptados.

Pero eso no era lo más grave. Quedarse "castigado" dos horas después de la salida era extender los niveles de socialización y promover nuevas actividades entre los castigados. Se vivía bien en el castigo, pues avanzamos algunas tareas que nunca haríamos en casa y en otros casos recuperábamos energías durmiendo o conversando sobre temas pendientes con los patas. Lo grave de todo esto era que la anotación en esa ficha de papel bulky era transcrita a la Ficha Blanca. No habían seleccionado peor color para hacer contraste con el rojo de la anotación. La Ficha Blanca. Así la llamaban y allí quedaba escrito tu historial delictivo para luego computarse en la conducta del bimestre: "Indisciplina en clase", "Se le encontró fuera de su sitio", "Conversa permanentemente", "Faltó el respeto al profesor". La lista de términos y anotaciones que uno fue testigo a lo largo de la secundaria es extensa, como comprenderán la llegada de una Ficha Blanca con estas manchas rojas y la obligatoria entrega de la misma a nuestros padres o apoderados, generarían tal reacción en casa que te meterían unos cinco correazos o te dejarían castigado sin ver televisión o ir al cine. Comprenderán amables lectores que muy pocos estudiantes la entregaban y esto fue desarrollando soprendentes habilidades caligráficas inusuales entre los estudiantes, perfeccionándose este viejo arte medieval e imitando la firma de nuestro señor padre. Ahora puede explicarse la proliferación de fábricas de firmas durante los noventas en la política peruana.

Por eso que luego del segundo acto, obvio venía el tercero. Era el momento de la súplica, el ruego, el implorar perdón y la mirada compasiva y de duda de Otto, quien se conmovía ante semejante acto de arrepentimiento de ese cómplice guión. Cuándo ya parecía que habíamos convencido al profesor, que no seríamos presa de la Ficha Blanca y la punta de su lapicero estaba a milímetros de la hoja de papel bulky dudando si anotar o no anotar. Cuando ya creíamos que nos habíamos librado del castigo y todo volvería a la normalidad. La misma barra de anormales que le dio la bienvenida a Otto ahora gritaba "¡Aplícale! ¡Aplícale!" de forma feroz y compulsiva. Otto miraba ahora a la masa, a esa multitud que gritaba ¡liberen Barrabas a suelten a Jesús! y empezaba a transformarse. Los ojos de Otto se centraban en la punta de su lapicero, ella tocaba levemente la superficie del papel dejando un punto de tinta. Levantaba la vista, dispuesto a escribir al costo que fuera. Volvía a mirar al público clamando ajusticiamiento. El público pedía sangre, quería castigo y Otto como que no queria ser el verdugo esa mañana te miraba y parecía que el perdón sería la justa sentencia, que todo no pasaría de una palomillada, un simple sustito. Y de pronto, cuando todos pensamos que no iba a escribir, de manera firme empezaba a escribir y listo. Estabas anotado. Castigado y Ficha Blanca.

La hinchada celebraba. Se retorcia de risa frente a la anotación que había sufrido la víctima. El anotado lamentaba su destino. Todo está consumado. Había terminado el tercer acto y las clases de Química empezaban. Otto el grande tomaba su tiza y empezaba la clase. Siempre alegre y nosotros con nuestra Ficha Blanca también.

Ya no interesaba si se hablaba de enlaces covalentes o tablas periódicas. La mañana ahora es distinta, sonaba distinta y se sentía distinta.