Un domingo con Jacko
La tarde de hoy jueves la pasé escuchando a Michael Jackson. Me aburren los especiales que con rimbombancia y gran interés mercantil llevan adelante la emisoras. Al igual que con la muerte de Lennon, allá por el mes de diciembre de 1980 (al día siguiente de su deceso y sin conocer lo sucedido) empecé muy temprano esa mañana del 9 de diciembre mi cachuelo de repartir regalos navideños a los clientes de una empresa distribuidora de autos. Durante todo ese día escuché un cassette de Sir Jhon Winston Lennon, mientras hacía oído sordo a los "homenajes" que las emisoras emitían repetiendo hasta el aburrimiento "Women" del LP "Double Fantasy".
Lo mismo ocurrió hoy domingo luego de cuatro días de su desaparición física. Si bien es cierto mis gustos musicales son muy cercanos a la música cubana. La música del Rey del Pop corresponde a una etapa de mi vida escolar. "Jacko" es un genio del pop y esos animales raros son dignos de admiración. Por lo que representan para la cultura popular, por sus excentricidades y la manera de vivir o dejar de existir.
Mi hermano Koky Vega me envió un enlace que transcribo. Es conmovedor y nos permite acercarnos a este genio. Pero en mis oídos todavía suenan las palabras de mi hijo de ocho años que por teléfono me contaba que Michael Jackson había muerto y sentenciaba: "Papá, él ha muerto por querer ser blanco".
Una multitud reunida frente al teatro Apolo, en el barrio neoyorquino de Harlem, corea canciones de Michael Jackson al son de un radiocasete.
El bautismo de Jacko
Un mito de la música popular
Por Elvira Lindo del Diario El País de España Caminaba a media tarde por Midtown Manhattan y el nombre de Michael Jackson llegó varias veces a mis oídos. Al rato, un amigo me dijo que acababa de escuchar en las calles del Soho que Jackson había muerto. Pero, ¿quién podía creérselo? Hacía tantos años que la presencia pública del cantante se había deslizado hacia una patológica excentricidad que morirse era, en su caso, una fatalidad que le puede ocurrir a cualquier individuo corriente.
Nueva York no es Los Ángeles, aquí los ricos son, sin duda, tan locos como los de la Costa Oeste pero más discretos. Dentro de la particular sociología neoyorquina que, con los años, una cree captar, la extravagancia de Jackson, tan refractaria al contacto con otros seres humanos, poco tenía que ver con los extravagantes neoyorquinos que, millonarios o no, se mezclan con cualquiera en cualquier esquina. Pero la muerte hace brillar la esencia y, al margen de que a Jackson se le considerara el loco de atar que agitaba bebés por la ventana, se sometía a operaciones quirúrgicas que desfiguraban su rostro y vivía en un parque de atracciones, hay algo que cualquier estadounidense respeta, sea del Medio Oeste, de California o de esta ciudad única que es Nueva York: el ritmo. El ritmo es un don al que se rinde el músico, el presidente y el hombre de la calle. América es el ritmo. Y Jackson estaba sobrado de él. Así que cuando finalmente se confirmó que el más pequeño de los Jackson Five había muerto de un paro cardíaco, decenas de espontáneos se arremolinaron bajo las pantallas gigantes de Times Square en las que se proyectaban imágenes de sus videoclips más memorables; otros ciudadanos, dispuestos a hacerle un duelo más profundo, hicieron cola a las puertas del teatro Apolo, en el corazón de Harlem, para que quedara constancia de que uno de los suyos había muerto.
La muerte pone las cosas en su sitio: Michael Jackson era negro. A pesar de la renuncia pública a su nariz africana y de sus esfuerzos por aclararse la piel (no he llegado a saber nunca si se trataba de una enfermedad o una manía), Jackson era negro. Y los negros hacen suyos a sus muertos. Harlem le rindió un homenaje en el teatro donde se convirtieron en celebridades los negros del jazz en los tiempos en los que se les tenía prohibido tocar o cantar en lugares de blancos. De ahí que esa despedida popular en el templo de la música negra tuviera un carácter más de recibimiento que de adiós definitivo. A la hora de recapitular sus fallos y sus aciertos lo que queda es la música y la música aquí es sagrada.
Jackson era negro. Segregar la música por razas es injusto e inapropiado pero no se trata de razas, hay que explicarlo, sino de cultura, de cultura negra, y ésa es la que mamó el pequeño de los Jackson Five. Tienen razón los que dicen que antes hubo otros, que Jackson fue más mediático pero que no se puede obviar a James Brown; tiene razón Diego A. Manrique al afirmar que fue el gran aglutinador de las distintas corrientes del pop. Pero eso no le resta mérito. Su capacidad de conectar con el ritmo interior del pueblo, su habilidad para hacer bailar a la gente, para inventarse una coreografía que está ya interiorizada por todos los ciudadanos americanos (y del mundo), su maestría en hacer música popular, esa música que tiene la cualidad de metérsete dentro, como si te la tragaras, es indudable.
Ayer Harlem le perdonó su wonderland, su nariz operada, su ridículo pelo alisado, la falta de empatía que tenía con el público que le había alzado. Le perdonó sus bobadas de rico desequilibrado, caprichoso, tan alejado de su origen humilde, tan distinto de esa otra estrella memorable que es Stevie Wonder. Ayer el Apollo, que tiene algo más de templo que de teatro, celebró un bautizo más que un entierro. Bautizaban a Jacko, ese chico tanto tiempo perdido en el universo de las celebridades desequilibradas.
Jacko, que, irónicamente, rima con Wacko, el insulto más apropiado para él y el más ofensivo: loco de atar.














